De lo que nos rodea, me interesa observar cómo se viven y se resisten los espacios, y qué dinámicas emergen de las arquitecturas que erigimos. Pero sobre todo, me interesa entender cómo todo ello nos afecta y nos moldea.
Pienso la arquitectura como un agente activo capaz de modificar nuestra conducta: un sistema de límites y porosidades que determina nuestra privacidad y regula nuestra exposición, dando lugar al desarrollo del “yo personal” y el “yo social”.
Ultimamente, mi mirada se ha desplazado hacia el interior, ese espacio que puede funcionar simultáneamente como cobijo y como ahogo. Por ello me interesan las tensiones que se generan dentro de la casa, la seguridad que promete y la vulnerabilidad que a veces revela, así como la intimidad que nos concede y las huellas que deja en nuestra identidad; un escenario donde la memoria puede tender a deformarse.
Pretendo explorar cómo recordamos los espacios vividos, cómo los idealizamos o los distorsionamos según lo que sentimos en ellos. Me atrae esa capacidad que tenemos de manipular las imágenes que se quedaron con nosotros, de reconstruir habitaciones que ya no existen o que nunca fueron exactamente como las recordamos. En este juego entre la experiencia real y la proyección emocional, encuentro un territorio cargado de deseo y ficción.
Las obras pretenden materializar esas tensiones, la fricción entre protección y asfixia, entre la arquitectura tangible y la arquitectura mental que edificamos para sostenernos. En la intersección entre espacio, memoria y afecto, es donde me encuentro con la práctica.